La Laguna del Cristo Crucificado
1835
Corría
el año de 1835 en el pueblo de Zampoala, la Iglesia de Cristo Crucificado había terminado de
ser construida y lucía imponente frente a la Plaza Mayor- si se le pudiera
llamar así-, y al lado de esta una serie de tiendas comenzando por la de Rosita
Fernández, luego la de la familia Quiroz, y terminando con la de José de la
Cruz. Era un pueblo bastante rústico,
incluso habían calles que aún no tenían pavimento ni luz eléctrica el lugar era
tan pequeño que no vivirían allí más de 100 personas.
***
Era un
viernes como cualquier otro, los niños disfrutaban de su descanso luego de
venir de la escuela, Margot, hija del señor Quiroz estaba lista para
transportar los cestos de pan al negocio de su madre. Cruzó fugaz la calle,
desprevenida, sin notar que una carreta estaba muy cerca. Los caballos se
detuvieron a penas unos dos centímetros de ella, su grito pudo escucharse a
muchas calles abajo, el hombre que conducía el móvil le exclamó palabras
irrepetibles, ella se disculpó avergonzada de su irresponsable acto, y después
prosiguió su marcha.
Finalmente,
después de mucho esfuerzo, llegó al mercado con el 20 % de panes aplastados; su
madre, harta de que todos los días pasara lo mismo, le gritó y pidió más
cuidado. La jornada no fue del todo buena, sólo vendieron la mitad de cantidad
de los panes que vendían normalmente, resignadas volvieron a casa con la cesta
entera que quedó. El señor Quiroz llegó una hora más tarde, agotado, con las
manos agrietadas de tanto trabajar en el terrenito que tenían y que cada día
producía menos, se podía decir que llegaba a darle un beso a su esposa y a su
hija y luego iba directo a dormir.
***
Como en
todos los viernes, Rosita Fernández, aún muy joven ella, cerró pronto su puesto
de flores, para poder volver lo más pronto posible y tener tiempo para
arreglarse e ir al encuentro de su príncipe azul con el pretexto de ir a la Iglesia.
Jorge y
Rosita llevaban ya tres años encontrándose de esa forma, lo peor de todo era
que la mujer de la que estaba comprometido, que a partir de aquí llamaremos
Mónica, estaba obsesionada con él. La última vez que Mónica los vio juntos, fue
a acusar este hecho con el padre de Jorge, que luego de esto, lo molió a golpes
y lo amenazó con botarlo de la casa. A pesar de ello vivir en la calle le
importaba poco o nada, lo que le preocupaba es como no hacerle sufrir penurias
a su amada por la falta de dinero…
1840
Caminaba
por la calle Margot, cuando divisó una mujer de atuendo muy llamativo cerca de
la tienda de Rosita. La mujer traía una túnica de color lila que le tapaba todo
el cuerpo, un velo le tapaba el rostro y tenía las uñas pintadas cada una de
distinto color. “Conozca el final de este pueblo, el final está muy cerca”
gritaba la mujer que parecía loca. Ella trató de esquivarla, pero la mujer se
acerco y gritó: “¡Tú, tu criatura matarán a este pueblo! ¡Destruirán nuestras
costumbres y ofenderán a Dios, él nos castigará a todos por el pecado de una
mujer y un hombre! ¡Maldita, maldita!”. Gracias a Dios en ese momento se acercó
un miembro de la guardia a retirar a la gitana de la plaza, antes de que Margot
le respondiera a tan terrible oprobio.
Margot
no entendió el mensaje enteramente, sobre todo las partes de “tú y tu criatura”
(pues ella no pensaba casarse y mucho menos tener hijos) y “ofenderán a Dios”,
¿qué acto tan grave podía cometer ella que llegara a ofender al Supremo? Quizás
la mujer estaba loca y ella se torturaba en vano. Aquel mes un nuevo monje
estaba encargado de la Iglesia ,
lo que más lo caracterizaba era su temprana juventud y su extraña forma de
llamar a los feligreses: se ponía en frente de la portada y comenzaba a gritar:
“si tenéis tiempo para comprar, ¿por qué no tenéis tiempo para recibir a Dios
en vuestros corazones?”
A ella
le encantaba el carisma del sacerdote, lo admiraba más que a cualquier otra
persona. Su madre que la había vista tan entretenida, la llamó molesta por su
atraso, ella, a pesar de esto prosiguió su marcha muy calmada.
***
Rosita
no comía desde hace dos días, la noticia la había destruido por completo. El
padre de Jorge, días antes los había visto en la Iglesia y esto lo obligó a
tomar rápidas acciones: Jorge y Mónica se casarían la próxima semana y apenas
lo hicieran se irían del pueblo. ¿Qué haría Rosita sin su príncipe?, su vida ya
no valdría nada. Jorge le había dicho que pase lo que pase, él no se casaría a
la fuerza. Rosita no sabía que hacer, si seguir intentándolo o a resignarse a
perderlo. Sabía que Mónica haría a Jorge el hombre más infeliz del mundo:
primero, porque le gustaba que todo se hiciera como a ella le gustaba; segundo,
porque era la mujer más fea que había conocido en su vida; y tercero, porque no
amaba a nadie que no sea a sí misma.
El
drama que estaba viviendo la obligó a cerrar su tienda por varios días, no
estaba de animó para atender a nadie. Sus margaritas ya no se veían tan
hermosas como antes y sus rosas se marchitaban cada vez más rápido. Su
compañera de puesto, Margot, le dijo que no debía desanimarse, que debía seguir
luchando por su amor, que debía aferrarse hasta el final; pero ella
sinceramente, ya estaba cansada de luchar.
Tampoco
el padre de Rosita sabía que se había enamorado de un hombre comprometido, y si
se hubiera enterado de ello, seguramente la metía al convento o la mandaba a
estudiar muy lejos, lo que ella no sabía es que mejor hubiera sido que se
hubiese marchado.
1845
Margot
no entendía lo que pasaba con su mente, nunca iba a misa, pero ahora iba
diariamente y muy poco entendía pues pasaba la mayor parte del tiempo
observando al padre Rodrigo. ¿Qué le estaba pasando? ¿Es qué acaso quería ser
una pecadora? ¿Quería faltar al noveno mandamiento? Millones de cosas pasaban
por su mente mientras esperaba a que los panes terminarán de hornearse, pero de
pronto sintió un olor que comenzó a envolverla, un olor a… cómo explicarlo… a… ¡quemado!
Adiós venta de hoy.
Comenzó
a amasar una nueva cantidad y a acomodarlos en la platina. Adoraba amasar los
panes, acomodarlos, darles formas distintas a cada uno… pero lo que no le
gustaba era esperar a que se hicieran, dejó el trabajo y decidió y a la sacristía.
Lo que más le gustaba de la sacristía era que no tenía que estar postrada en un
confesionario, sino estar en un espacio más íntimo con el monje. Amaba la forma
en que la miraba mientras le hablaba de tal o cual mandamiento, claro que ella
inventaba más pecados de los que cometía para estar más tiempo con él. Aquel
día no tuvo que esperar porque no había nadie más que ella, el templo estaba
poblado por sólo dos personas: una dama y un varón, como Adán y Eva.
El
padre la invitó a pasar a la sala de Sacristía. Margot comenzó con lo de
siempre: “He mentido, he calumniado…pero de pronto salió algo insospechado…”he
tenido malos pensamientos”. Fue entonces cuando el padre Rodrigo cuestionó
“¿Qué tipo de malos pensamientos?” y ella dijo sin pensar “Padre sabe muy bien
a lo que me refiero, usted también sabe lo que sentimos, sabe lo que pasa, ya
no puedo aguantar más…”, fue entonces que Margot rasgo su vestimenta y quedó
tal como Dios la trajo al mundo… el reverendo Rodrigo no supo que hacer, pero
pasó lo que tuvo que pasar y todo frente al Sagrado Crucifijo. El acto final
había sido consumido.
***
Después
de tanto tiempo, Jorge volvía al pueblo, claro que con la que ya era su esposa,
pero a Rosita no le importaba, lo único que le importaba era volverlo a ver.
Debió haber llegado a las ocho de la mañana pero llegó a las nueve. Rosita fue
muy emocionada con dirección a la casa de los de la Cruz , tuvo que ocultarse
detrás de uno de los árboles para que no la vieran. El carruaje llegó muy
despacio, la primera persona en bajar fue su tan esperado Jorge, a continuación
bajó Mónica con su siempre arribista rostro, pero bajó alguien más, alguien a
quien no esperaba,… un niño pequeño de no más de tres años.
¿Quién
era aquel niño pequeño? ¿Sería algún sobrino o pariente lejano? Se acercó un
poco más cuando entraron a la casa. Escuchó claramente las palabras que
destrozaron su corazón: “Papá te presento al nuevo miembro de la familia, mi
primogénito Rosendo de la Cruz ”
¡Primogénito! ¡Hijo! ¡Él mismo había dicho que los hijos sólo se tenían en un
hogar donde existiera amor! ¡Maldito! Rosita no quiso escuchar más, salió
corriendo, llorando, muriendo, quería olvidar todo lo que había pasado antes,
quería borrar el pasado, quería borrar todas sus ilusiones, quería borrar todas
esas promesas de amor, quería que todo acabara.
1846
Rosita
como todos los días, se levantó y se lavó las manos. Tendió su cama que tenía
la misma sábana desde el día que descubrió la existencia de Rosendo. Desde
aquel entonces decidió enterrarse en su habitación y no volver a salir a no ser
a la hora en que vendía sus productos, no quería verlo cuando saliera, no sabía
como podía reaccionar. Los días felices en su florería habían cambiado por los
días terribles en su nueva tienda de objetos de limpieza. Su antigua apariencia
también había cambiado mucho: su cuerpo de tan perfecto que era había pasado a ser
un remiendo total, su vestimenta se había vuelto un estropajo. Pobre Rosita,
traicionada por aquel que le dijo que la haría la mujer más feliz de mundo,
¿qué culpa tenía ella?
Aquel
trágico día para el pueblo de Zampoala, Rosita después de mucho tiempo, salió a
dar una vuelta después de vender un rato, se había olvidado de que color eran
las flores que embelesaban la plaza, se había olvidado de reír. Notó la
presencia de muchas personas en la casa de los de la Cruz , la familia de Jorge
regresaba a la capital para darle una mejor educación a su hijo Rosendo. La
carreta que los transportaba, la misma que antes los había traído, a medida que
se alejaba se confundía entre los árboles.
Rosita
comenzó a recordar todo lo que había pasado un año antes, recordaba…Se dirigió
a la Iglesia ,
se arrodilló frente al Cristo Crucificado y pidió o mejor dicho, rogó: “Dios
Mío, por favor, acaba con mi vidas de una vez, acaba con todo este pueblo, por
favor”.
***
Los 9
meses habían pasado desde entonces, ella ya sentía la presencia del niño en sus
entrañas pero también conocía su destino, el fin de todo. Aquel día, 26 de
septiembre, había decidido ir a la
Iglesia , llegó y vio a Rosita, arrodillada, llorando; en ese
momento, sintió un aire helada, sintió que el Cristo la miraba ofuscado, miraba
su vientre, producto de un pecado capital, sintió que le faltaba el aire, un
dolor intenso, vio que lo mismo le ocurría a Rosita, sólo que ésta se veía
satisfecha, resignada.
***
Rosendo
aquel día había sido el encargado de traer el periódico. El padre lo tomó y en
la página de noticias nacionales, hubo una que lo dejó anonadado: “Pueblo de
Zampoala Desaparece. El día de ayer un fenómeno natural aún no precisado,
destruyó totalmente el pueblo de Zampoala. Una densa masa de nubes
arremolinadas tapó totalmente la depresión donde se encontraba acentuado el
pueblo, a continuación prosiguió una inmensa lluvia tropical con rayos, que
causó la muerte de los pobladores, aunque algunos científicos afirman que las
nubes que taparon al pueblo al principio los habrían asfixiado. Nada quedo de
esta villa, sólo una laguna que ahora ocupa el lugar de la anterior mencionada,
a la que los pobladores de los pueblos cercanos han bautizado como “La Laguna del Cristo
Crucificado”.
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