jueves, 8 de marzo de 2012

Un Cuento Tragico...

A pedido de mi amiga, acá les subo un cuento corto, que escribí hace unos años y que había perdido, debo advertir que no es un final feliz:

La Laguna del Cristo Crucificado


1835

Corría el año de 1835 en el pueblo de Zampoala, la Iglesia de Cristo Crucificado había terminado de ser construida y lucía imponente frente a la Plaza Mayor- si se le pudiera llamar así-, y al lado de esta una serie de tiendas comenzando por la de Rosita Fernández, luego la de la familia Quiroz, y terminando con la de José de la Cruz. Era un pueblo bastante rústico, incluso habían calles que aún no tenían pavimento ni luz eléctrica el lugar era tan pequeño que no vivirían allí más de 100 personas.

***

Era un viernes como cualquier otro, los niños disfrutaban de su descanso luego de venir de la escuela, Margot, hija del señor Quiroz estaba lista para transportar los cestos de pan al negocio de su madre. Cruzó fugaz la calle, desprevenida, sin notar que una carreta estaba muy cerca. Los caballos se detuvieron a penas unos dos centímetros de ella, su grito pudo escucharse a muchas calles abajo, el hombre que conducía el móvil le exclamó palabras irrepetibles, ella se disculpó avergonzada de su irresponsable acto, y después prosiguió su marcha.

Finalmente, después de mucho esfuerzo, llegó al mercado con el 20 % de panes aplastados; su madre, harta de que todos los días pasara lo mismo, le gritó y pidió más cuidado. La jornada no fue del todo buena, sólo vendieron la mitad de cantidad de los panes que vendían normalmente, resignadas volvieron a casa con la cesta entera que quedó. El señor Quiroz llegó una hora más tarde, agotado, con las manos agrietadas de tanto trabajar en el terrenito que tenían y que cada día producía menos, se podía decir que llegaba a darle un beso a su esposa y a su hija y luego iba directo a dormir.

***

Como en todos los viernes, Rosita Fernández, aún muy joven ella, cerró pronto su puesto de flores, para poder volver lo más pronto posible y tener tiempo para arreglarse e ir al encuentro de su príncipe azul con el pretexto de ir a la Iglesia.

La Iglesia estaba llena a la hora que llegó, Jorge (hijo de José de la Cruz y por cierto, su mayor fan) le reservaba un asiento a su lado en la octava fila de bancas. Mientras el Padre recitaba la reflexión del Evangelio, ambos se agacharon levemente y se besaron por un par de segundos, nadie les decía nada porque vale decir que la Iglesia sólo tenía 8 filas de bancas y nadie se sentaba al final. La causa de su amor a escondidas era que Jorge desde que nació fue comprometido con una chica un año menor que él, que era hija primogénita del mejor amigo de su padre. En el pueblo eran comunes los matrimonios acordados, la mayoría de mujeres no elegían con quien se casaban, las mujeres allí no se enamoraban, se acostumbraban a amar.

Jorge y Rosita llevaban ya tres años encontrándose de esa forma, lo peor de todo era que la mujer de la que estaba comprometido, que a partir de aquí llamaremos Mónica, estaba obsesionada con él. La última vez que Mónica los vio juntos, fue a acusar este hecho con el padre de Jorge, que luego de esto, lo molió a golpes y lo amenazó con botarlo de la casa. A pesar de ello vivir en la calle le importaba poco o nada, lo que le preocupaba es como no hacerle sufrir penurias a su amada por la falta de dinero…

1840

Caminaba por la calle Margot, cuando divisó una mujer de atuendo muy llamativo cerca de la tienda de Rosita. La mujer traía una túnica de color lila que le tapaba todo el cuerpo, un velo le tapaba el rostro y tenía las uñas pintadas cada una de distinto color. “Conozca el final de este pueblo, el final está muy cerca” gritaba la mujer que parecía loca. Ella trató de esquivarla, pero la mujer se acerco y gritó: “¡Tú, tu criatura matarán a este pueblo! ¡Destruirán nuestras costumbres y ofenderán a Dios, él nos castigará a todos por el pecado de una mujer y un hombre! ¡Maldita, maldita!”. Gracias a Dios en ese momento se acercó un miembro de la guardia a retirar a la gitana de la plaza, antes de que Margot le respondiera a tan terrible oprobio.

Margot no entendió el mensaje enteramente, sobre todo las partes de “tú y tu criatura” (pues ella no pensaba casarse y mucho menos tener hijos) y “ofenderán a Dios”, ¿qué acto tan grave podía cometer ella que llegara a ofender al Supremo? Quizás la mujer estaba loca y ella se torturaba en vano. Aquel mes un nuevo monje estaba encargado de la Iglesia, lo que más lo caracterizaba era su temprana juventud y su extraña forma de llamar a los feligreses: se ponía en frente de la portada y comenzaba a gritar: “si tenéis tiempo para comprar, ¿por qué no tenéis tiempo para recibir a Dios en vuestros corazones?”

A ella le encantaba el carisma del sacerdote, lo admiraba más que a cualquier otra persona. Su madre que la había vista tan entretenida, la llamó molesta por su atraso, ella, a pesar de esto prosiguió su marcha muy calmada.

***

Rosita no comía desde hace dos días, la noticia la había destruido por completo. El padre de Jorge, días antes los había visto en la Iglesia y esto lo obligó a tomar rápidas acciones: Jorge y Mónica se casarían la próxima semana y apenas lo hicieran se irían del pueblo. ¿Qué haría Rosita sin su príncipe?, su vida ya no valdría nada. Jorge le había dicho que pase lo que pase, él no se casaría a la fuerza. Rosita no sabía que hacer, si seguir intentándolo o a resignarse a perderlo. Sabía que Mónica haría a Jorge el hombre más infeliz del mundo: primero, porque le gustaba que todo se hiciera como a ella le gustaba; segundo, porque era la mujer más fea que había conocido en su vida; y tercero, porque no amaba a nadie que no sea a sí misma.

El drama que estaba viviendo la obligó a cerrar su tienda por varios días, no estaba de animó para atender a nadie. Sus margaritas ya no se veían tan hermosas como antes y sus rosas se marchitaban cada vez más rápido. Su compañera de puesto, Margot, le dijo que no debía desanimarse, que debía seguir luchando por su amor, que debía aferrarse hasta el final; pero ella sinceramente, ya estaba cansada de luchar.

Tampoco el padre de Rosita sabía que se había enamorado de un hombre comprometido, y si se hubiera enterado de ello, seguramente la metía al convento o la mandaba a estudiar muy lejos, lo que ella no sabía es que mejor hubiera sido que se hubiese marchado.



1845

Margot no entendía lo que pasaba con su mente, nunca iba a misa, pero ahora iba diariamente y muy poco entendía pues pasaba la mayor parte del tiempo observando al padre Rodrigo. ¿Qué le estaba pasando? ¿Es qué acaso quería ser una pecadora? ¿Quería faltar al noveno mandamiento? Millones de cosas pasaban por su mente mientras esperaba a que los panes terminarán de hornearse, pero de pronto sintió un olor que comenzó a envolverla, un olor a… cómo explicarlo… a… ¡quemado! Adiós venta de hoy.

Comenzó a amasar una nueva cantidad y a acomodarlos en la platina. Adoraba amasar los panes, acomodarlos, darles formas distintas a cada uno… pero lo que no le gustaba era esperar a que se hicieran, dejó el trabajo y decidió y a la sacristía. Lo que más le gustaba de la sacristía era que no tenía que estar postrada en un confesionario, sino estar en un espacio más íntimo con el monje. Amaba la forma en que la miraba mientras le hablaba de tal o cual mandamiento, claro que ella inventaba más pecados de los que cometía para estar más tiempo con él. Aquel día no tuvo que esperar porque no había nadie más que ella, el templo estaba poblado por sólo dos personas: una dama y un varón, como Adán y Eva.

El padre la invitó a pasar a la sala de Sacristía. Margot comenzó con lo de siempre: “He mentido, he calumniado…pero de pronto salió algo insospechado…”he tenido malos pensamientos”. Fue entonces cuando el padre Rodrigo cuestionó “¿Qué tipo de malos pensamientos?” y ella dijo sin pensar “Padre sabe muy bien a lo que me refiero, usted también sabe lo que sentimos, sabe lo que pasa, ya no puedo aguantar más…”, fue entonces que Margot rasgo su vestimenta y quedó tal como Dios la trajo al mundo… el reverendo Rodrigo no supo que hacer, pero pasó lo que tuvo que pasar y todo frente al Sagrado Crucifijo. El acto final había sido consumido.

***

Después de tanto tiempo, Jorge volvía al pueblo, claro que con la que ya era su esposa, pero a Rosita no le importaba, lo único que le importaba era volverlo a ver. Debió haber llegado a las ocho de la mañana pero llegó a las nueve. Rosita fue muy emocionada con dirección a la casa de los de la Cruz, tuvo que ocultarse detrás de uno de los árboles para que no la vieran. El carruaje llegó muy despacio, la primera persona en bajar fue su tan esperado Jorge, a continuación bajó Mónica con su siempre arribista rostro, pero bajó alguien más, alguien a quien no esperaba,… un niño pequeño de no más de tres años.

¿Quién era aquel niño pequeño? ¿Sería algún sobrino o pariente lejano? Se acercó un poco más cuando entraron a la casa. Escuchó claramente las palabras que destrozaron su corazón: “Papá te presento al nuevo miembro de la familia, mi primogénito Rosendo de la Cruz” ¡Primogénito! ¡Hijo! ¡Él mismo había dicho que los hijos sólo se tenían en un hogar donde existiera amor! ¡Maldito! Rosita no quiso escuchar más, salió corriendo, llorando, muriendo, quería olvidar todo lo que había pasado antes, quería borrar el pasado, quería borrar todas sus ilusiones, quería borrar todas esas promesas de amor, quería que todo acabara.


1846

Rosita como todos los días, se levantó y se lavó las manos. Tendió su cama que tenía la misma sábana desde el día que descubrió la existencia de Rosendo. Desde aquel entonces decidió enterrarse en su habitación y no volver a salir a no ser a la hora en que vendía sus productos, no quería verlo cuando saliera, no sabía como podía reaccionar. Los días felices en su florería habían cambiado por los días terribles en su nueva tienda de objetos de limpieza. Su antigua apariencia también había cambiado mucho: su cuerpo de tan perfecto que era había pasado a ser un remiendo total, su vestimenta se había vuelto un estropajo. Pobre Rosita, traicionada por aquel que le dijo que la haría la mujer más feliz de mundo, ¿qué culpa tenía ella?

Aquel trágico día para el pueblo de Zampoala, Rosita después de mucho tiempo, salió a dar una vuelta después de vender un rato, se había olvidado de que color eran las flores que embelesaban la plaza, se había olvidado de reír. Notó la presencia de muchas personas en la casa de los de la Cruz, la familia de Jorge regresaba a la capital para darle una mejor educación a su hijo Rosendo. La carreta que los transportaba, la misma que antes los había traído, a medida que se alejaba se confundía entre los árboles.

Rosita comenzó a recordar todo lo que había pasado un año antes, recordaba…Se dirigió a la Iglesia, se arrodilló frente al Cristo Crucificado y pidió o mejor dicho, rogó: “Dios Mío, por favor, acaba con mi vidas de una vez, acaba con todo este pueblo, por favor”.

***

Los 9 meses habían pasado desde entonces, ella ya sentía la presencia del niño en sus entrañas pero también conocía su destino, el fin de todo. Aquel día, 26 de septiembre, había decidido ir a la Iglesia, llegó y vio a Rosita, arrodillada, llorando; en ese momento, sintió un aire helada, sintió que el Cristo la miraba ofuscado, miraba su vientre, producto de un pecado capital, sintió que le faltaba el aire, un dolor intenso, vio que lo mismo le ocurría a Rosita, sólo que ésta se veía satisfecha, resignada.

***

Rosendo aquel día había sido el encargado de traer el periódico. El padre lo tomó y en la página de noticias nacionales, hubo una que lo dejó anonadado: “Pueblo de Zampoala Desaparece. El día de ayer un fenómeno natural aún no precisado, destruyó totalmente el pueblo de Zampoala. Una densa masa de nubes arremolinadas tapó totalmente la depresión donde se encontraba acentuado el pueblo, a continuación prosiguió una inmensa lluvia tropical con rayos, que causó la muerte de los pobladores, aunque algunos científicos afirman que las nubes que taparon al pueblo al principio los habrían asfixiado. Nada quedo de esta villa, sólo una laguna que ahora ocupa el lugar de la anterior mencionada, a la que los pobladores de los pueblos cercanos han bautizado como “La Laguna del Cristo Crucificado”.


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